Sunday, July 23, 2006

Heréticos Individuales de RICARDO GUIAMET





SANCTI SPIRITU 1966


I
La imagen sobre las lomas. El hormigón de los silos.
La cercanía del pueblo. Indicios del arribo


El techo de tejas rojas de la cúpula de la iglesia
y a su derecha apenas distinto del cielo
el hormigón de los silos de granos
superan la altura verde oscura de la arboleda
que a su vez asoma del amarillo del trigal.
Debajo de él, y hasta el borde de la ruta,
una mancha de reflejos la laguna
es el mejor indicio del arribo.



II
El boliche donde desayunan grapa. Un universo rural.
La desmesura del vacío. La reja de arado.


Un cine al aire libre,
un único boliche y
un almacén donde cuelga del techo
una reja de arado.
Las maravillas desmesuradas
conmueven al niño citadino,
lo empujan al pavor.



III
El relato. La llave del sueño. Una religión de imágenes y fantasmas.

En el anochecer el abuelo era
un inmenso relato inmortal,
incólume frente al tiempo y la muerte,
la llave del sueño y el futuro,
el altar de la imaginación.



IV
El taller de carpintería junto a la sacristía. El ventanuco del ábside.
Nadie espera milagros. La mirada inquisidora. El ojo del amo.


Detrás de la iglesia
la religión es un taller de carpintería
y una cancha de fútbol donde
los chicos del pueblo y los nietos de la ciudad
corren sin esperar milagros
detrás de una pelota plástica y roja.
El cura de apellido escocés espía
por un ventanuco del ábside,
registra las gambetas con
el ojo ganadero que a simple vista en las pasturas
aprecia el engorde de la invernada.



V
Los acantilados. La dignidad conservadora. El paso a nivel de las vías.
Hojarasca peronista. Los apodos de la negrada
.

Un cielo que embate con su oleaje de nubes
el acantilado de los silos junto a las vías.
Detrás, el pueblo pierde su dignidad conservadora
en las calles mugrientas del otro lado del ferrocarril,
ahí donde la negrada peronista se ha acumulado
como hojarasca de abril.
La plaza, el club social, la oficina de Correos
y el único hotelucho son para esos santiagueños
tan ajenos como el usted o el señor pegados a sus apodos.



VI
Botánica. Los cipreses simétricos. La ofrenda de las coníferas.
Una palmera enana define la galería familiar.


Trigo, lino, girasol o maíz.
Eucaliptus aprisionados en un monte
rectangular en los terrenos ferroviarios.
Alrededor de cada casco o tapera
árboles diversos en abigarrados montes
de diverso linaje y alcurnia.
Como islotes u oasis,
los ombúes asoman del océano de lino.
Los cipreses del Prado Español
que se reiteran simétricos en el cementerio.
Las coníferas de la plaza ofrendando
escaleras celestiales en el orden de sus ramas horizontales.
Malvones, una parra de lavanda y una palmera enana
definen al jardín familiar.


VII
Tareas rurales. Camino al frigorífico. La redención a través del
martillo neumático. Mosquitada enceguecida. Los gauchos ríen.


La tropilla de nubes imita, un espejo caricaturesco,
el bamboleo de los vientres y los terneros
erráticos en el potrero que los drena al brete redentor.
Más atrás, dos gauchos a caballo bromean sobre
el fútbol de las grandes ciudades.
La mosquitada, enceguecida por el amanecer,
embiste por igual hombres y bestias.



VIII
Tropezando en la noche. El anuncio radial. El cine argentino de los años 40’

Una sombra furtiva trastabilla
en las veredas de ladrillos mal cocidos.
el pueblo es una oscuridad mal digerida
por la noche pampeana.
una voz que huye de alguna radio
transmite proclamas de un nuevo gobierno militar.
El invierno, con dones y galanura de
película de los años 40,
aguarda por las muertes.


IX
Zoología. La precisión de las lechuzas. Las víboras del campo. Los gatos de los pajonales hostigados por los perdiceros. Escabeche de vizcachas.

Esféricos nidos de tierra cocida
instauran un ritmo sobre los postes telefónicos
en el borde del camino vecinal.
Con una rigurosa precisión,
cada doscientos metros
una lechuza hace guardia
sobre un poste de quebracho del alambrado.
Zorros, cuises, el recuerdo mítico
en los viejos de los gatos monteses y
la presentida yarará en cualquier sonido
arcano que crezca en el pajonal
completan la zoología
que emerge y sumerge del
atlántico cerealero que sitia al pueblo
por sus cuatro costados.
Un armadillo cruza veloz
frente al Chevrolet 37’:
el peso jurásico de su caparazón
no impide una agilidad ajena
a la redondez de su figura.


X
La muerte llega. Picotazos de zancudas. Una comparsa.

El niño juega, inmune al tiempo que aquí y allá
mordisquea el cardumen de personas,
las extrae con picotazos de cigüeña,
los dirige entre una comparsa de deudos y curiosos
al cementerio en la entrada del pueblo.


XI
El telegrama indescifrable. Los apellidos del pueblo.
Noticias policíticas. Maniquíes.


En la oficina de Correos
un telegrama reposó toda una larga noche
indescifrable para el operador.
De la ciudad llegaban noticias
nuevas, misteriosas:
Las concisas frases hablaban de huelgas universitarias,
bombas molotovs y toque de queda.
Apellidos conocidos titulando los obituarios
y una novedosa categoría de noticias que
navegaba incierta entre las policiales y las políticas:
un hijo de los Núñez esposado junto a un camión celular,
el otro un maniquí sangrado sobre el adoquinado de
una calle desconocida.



XII
La vejación. Al cobijo de rincones. El niño proletario.
Aguarzapadas. El cuerpo lampiño.


El pueblo
una nada inmensa que exploran
las siestas infantiles.
Detrás de cada tronco,
al cobijo de cualquier tapial o
entre los yuyales del ferrocarril
la leyenda y la vergüenza
aguardan
agazapadas
la mácula violácea
que perdurará muda
sobre los muslos lampiños.


XII
La democracia del camión regador. Promesas de amor eterno.
Tirado entre los ligustros.


Veredas desparejas
ascienden a una cumbre de zócalos y paredes,
se alejan orgullosas del barrial
de la calles polvorientas.
El camión regador urge con una democracia
de siesta y empapa por igual cada rincón del terrerío.
Más allá, un pequeño parque cercado,
una pareja convence a los senderos pedregosos
de la sinceridad de las manos, se sientan
en el banco más lejano a atisbar
la pureza de sus emociones,
sin descubrir entre el ligustro
el profiláctico que agoniza allí
desde dos noches atrás.


XIV
El sueño del violador. El goteo de la bomba en el patio.
Destrezas olímpicas de los anfibios. Poder hipnótico.

La noche pampeana es una quietud de icebergs
fisurada por las receptoras de onda corta
donde nada amenaza al
nado sincronizado de los renacuajos ni a
los saltos ornamentales de los escuerzos
en las zanjas del otro lado de la vía.
Lo único inquieto en la noche,
el sudor y los gemidos que arranca
la pesadilla al cuerpo rural y tosco
que repite, en sueños, sin pausa,
lo que lastimara al niño.
Despierta en la madrugada, sediento:
el goteo de la bomba en el patio,
su ritmo hipnótico, no alcanza
para desnudarlo de la culpa y
el insomnio,
su herética desmesura.


XV
La confesión. El camino al cementerio. Breve historia lacustre.
Atravesar las aguas. La obscenidad del silencio.


La laguna muestra sus garras de pajonal y barro
que arañan las banquinas de la entrada al pueblo.
Alguien comenta, armando cigarrillos
sentado sobre el capot de una chata
en el camino al cementerio,
de los ciclos
crecidas y sequías del que
deberían llamar
espejo de agua.
La he visto casi muerta, refiere
(la lengua, su obscena punta, moja el borde del papel,
aprisiona por siempre las hebras del tabaco en
una cilíndrica prisión)
cuando tenía diez años la crucé,
magnifica,
y en ningún momento mojé mis rodillas.
Detrás, una escenografía perpetua
los prepara para la muerte,
macera sus futuros
y los devuelve, molidos y acabados,
a las penurias cotidianas.

XVI Epílogo
La mano en el aire. Las siguientes vacaciones.
Rutina. La Nación de los domingos.


El abuelo alza la mano
permanece quieto en una foto viviente
ofrendada a los ojos de sus nietos.
El micro desaparece hacia la ruta.
El hombre canoso, apenas lo pierde de vista,
ya ha olvidado los imprevistos de las visitas
y regresa a su rutina,
saluda a un colono que en un anacrónico sulky
baja al pueblo a comprar el periódico dominical.

4 comments:

Aníbal Lioi said...

Al Señor Guimet: Lo siento, no me parecen poemas que hayan sido trabajados en profundidad; es más, todo indica que fueron escritos en un apuro, yo diría en un arrebato, un éxtasis. De todas maneras, de la improvisación y el descuido también pueden surgir productos como éstos, que a pesar de todo me parecen dignos de respeto y consideración.

Anonymous said...

Gracias en nombre de Guiamet por el comentario,cuando aprenda a usar internet contestará personalmente. El editor.

Anonymous said...
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Anonymous said...

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