

De izquierda a derecha: Carreras, Fuster, Guiamet y Marquinez.
Clip de Herética Desmesura "Un viaje rural"
Serie Uno
INFORTUNADO ASESINO SERIAL
Heréticos puñales. Angeles, Asesinos y Clowns. La sangre en el filo. Boo the clown y su nariz desflecada. Pantanos y Renacuajos. El vino y Poncio Pilatos.
(1)
Un puñal sangró en la mañana soleada,
con lágrimas de vino se derramó la palabra
y el crimen creció desmesurado
en el cadáver fotogénico de las parcas.
Otra vez la inundación de cabezas degolladas
recorre el asfalto sediento,
te llaman Mr. Hyde, Landrú, Boo The Clown,
pero apenas existís en tórridas historias policiales,
ese es tu duelo, tu karma.
(2)
En el anochecer del martes
el fuego destruye el cuerpo enrevesado
y un puñal sangra después en la mañana soleada.
No somos ángeles celestiales,
apenas sudamos junto a un cuerpo pago,
apenas vivimos junto al estertor jadeante del metal.
Pantanos y renacuajos en feliz simbiosis
nos crecen como gotas de rocío.
(3)
La estocada del vino,
el nasal sueño salino,
un puñal sangrando en la mañana soleada
liberando la palabra,
como la nariz que se desfleca en mucosidad aristocrática.
Huecos anodinos del pantano,
renacuajos desesperados buscando sol,
silencio que crece
de las manos que tiemblan,
llevando el pañuelo reparador
al laberinto del rostro.
(4)
El humo del cigarro resquebraja
el espacio de la palabra caída
entre nosotros dos.
Es una patraña que alimenta
la disnea silenciosa e infeliz,
un puñal sangrando en la mañana soleada.
Los infelices sólo respiran los sueños muertos.
Entre ellos, sangre, acabadas,
dolor y las señas del adiós.
El extremo contrapunto de una degradada orgía
de Poncio Pilatos clamando por más.
Serie Dos
TRAVESTI CRUZANDO LA AVENIDA
Mitre y Pellegrini. El ardid de los estafadores. Arte gótico y conventillos. Un cuerpo real. Noches de ronda. Las ciudades hijas de puta. Indiscreción y lencería.
(1)
La condensada tripa de la lágrima
se desliza en rudimentos de arte gótico.
Música que escapa de conventillos,
mendigos en Mitre y Pellegrini
ansiando los bolsillos de algún hijo de puta.
La indiscreción seduce a todos,
incluso a los hábiles estafadores
devorados por la ansiedad de un cuerpo real.
(2)
Mitre y Pellegrini, la gran vía.
Lágrimas de sal,
finezas y arte gótico.
Música de ultratumba en la
noche de ronda hija de puta,
la indiscreción de la sociedad pacata
humilla al estafador travesti,
mi enamorado.
(3)
La lluvia, dice él, es un arte gótico,
una música que moja tus piernas.
Mientras un conductor en Mitre y Pellegrini
se deslumbra con tu cuerpo de lágrimas
y la indiscreción de tus muslos obscenos
donde la lencería es un ardid estafador
y tu sexo, el arpón hijo de puta
donde se extravía mi deseo.
(4)
Música del corazón latiendo,
las paredes lejanas del asfalto de Mitre y Pellegrini.
Una lágrima urbana rueda en la mañana
sobre el arte gótico que destruye las venas.
Un estafador se levanta temprano
y nacen las ciudades hijas de puta
como una indiscreción
que nos llueve dentro del corazón.
Serie Tres
DE SOBREMESA
Infinita idiotez de los comensales. Despojos de almuerzo. Una entraña que vomita poesía. Nostalgia de senos ardiendo. El sacrificio de Dalton. Inquieto hedor de la parca. Entre tus pelos, la agonía.
(1)
La infinita idiotez de los comensales
convive en sus manos ásperas.
Los sueños se precipitan. en las calles
como una mediocre antorcha
de efusividad decadente.
Blanca, la luna nos besa
y el oscurecer es la noche de tu cuerpo.
Un cercano sofisma sobremuere en el cafisho:
vive, parasita, escupe los restos.
(2)
Entre despojos del almuerzo
y la infinita idiotez de los comensales,
ninguna razón conduce a la iglesia.
Los peces respiran el sol
y tenues enredaderas de algodón sucio,
desatan un lujo ficticio.
En la mercurial entraña del mórbido poeta,
desesperados alaridos de socorro sin auxilio
recorren la inconsolable nostalgia
de tus senos ardiendo.
(3)
La estaca se clava
en la infinita idiotez de los comensales.
Hojas resecas de otoño,
descargas narcolépticas de abrazos y reproches,
el sacrificio de Dalton en el ojo derretido,
modelan un maravilloso milagro para un lúgubre fin:
subterráneos del hambre
y afuera,
entre tus pelos, la muerte de la noche.
(4)
Imagina
el sol que se extingue
cuando las cruces irradian el pasado,
heladas fracciones de muerte en el suburbio,
la infinita idiotez de los comensales.
Manso, el vino tinto nos habla
del inquieto hedor de la parca.
Serie Cuatro
AGUAS DE LA DESMESURA
Las puertas-canoas. Drenaje Chacarero. Un dios anoréxico. La avenida del agua. Atardecer en Villa Cañás. Vigilancia del campanario mudo. Un crepúsculo rasga la banquina.
(1)
Sobre el horizonte difuso del día
un pueblo quieto se refleja.
Un campanario mudo en el paisaje
imagina las puertas-canoas
debajo de aquellas sombras de pinos
abiertas al silencio calmo del campo.
Un sórdido drenaje chacarero
sobrevive a las banquinas inundadas de indiferencia,
crepúsculos lacerantes de una tierra enmudecida
naufragan
en el ondulante mar de la soja.
(2)
Paranoia de estiércol,
drenaje chacarero,
elefantes, cementerios móviles
y la banquina inundada.
Atardecer sin cumbias ni sexo,
crepúsculos lacerantes,
un campanario mudo en el pueblo quieto.
Nostalgias y triste ironía
inmolando sombras de pinos en puertas-canoas.
(3)
El lacerante crepúsculo
fumiga lo poco que resta de atardecer.
Un pueblo quieto,
dormido en el espasmo de un dios anoréxico
y un campanario mudo
por el extremo horror de la cosecha perdida
observan puertas-canoas derramadas al azar
de una correntada asfixiada
por las sombras
de los pinos que sueltan anzuelos
de sol entre sus ramas.
El drenaje chacarero siembra sus dudas
aún se ven los cuerpos en la banquina inundada
aunque la negrura avanza con húmeda avidez.
(4)
Acuchillan la ruta las sombras de pinos
sobre el caserío,
algo más que la suma
de canoas, árboles, alambrados y puertas.
La banquina inundada nos despide
de su breve presencia
y otra vez, viajando (40 km por hora),
hacia la nada del mañana, hundidos
en el drenaje chacarero de granos y divisas,
hacia el atardecer de Villa Cañás,
donde aguardan crepúsculos lacerantes.
Un pueblo quieto donde ocultar
los rostros, las armas y el dinero,
nuestro pequeño fragmento del reparto
bajo la minuciosa vigilancia del campanario mudo.
Serie Cinco
DESTREZAS CAMPERAS, MAÑAS DE ALDEANO
El óxido del aire. Sueños de labrador. El desbande de las alambradas. Cocaína del duro capataz. El irrisorio verde bestial. Un ánade. Rumor del tractor. El juego nasal de la nieve. La bala aliviada.
(1)
Un océano transgénico de
viento que nos cansa la mirada,
tierra degollada que golpea en la sien,
brazos que, como hachas, desnudan una mente sin maderas.
Demasiada labor se escurre entre los dedos de la miseria...
El óxido del aire nos desgrana
y empuja hacia fatigosas marejadas,
en un paupérrimo genotipo sin miradas
ni perdón.
(2)
La ruta nos aleja de la luna clara
junto al hechizo del irrisorio verde bestial,
el agua es un espejo de lúgubres traiciones:
refleja un pecho que simula el horror,
oscuro silencio que oprime al viajero
cuando transporta la cocaína del duro capataz.
Nada, nada parece más blanco,
estaciona en la noche, en medio de la nada
y juega a que es nieve lo que husmea su nariz
(3)
Alambrados huyen desorientados
en la tórrida pampa.
desorientados, los pájaros buscan algún norte.
tus manos se extravían en jornadas y caricias
algún dios calma su sed en los charcos
algún pato salvaje alivia una bala cansada.
Piadosas mentiras bendecirán la cena
y entre tanta negrura, pesar y extravío
descansarán en paz los sueños del labrador.
(4)
Perdida estación de rieles como granos,
cosecha de recuerdos familiares, fotos sepias
y la memoria del jornalero
engarzada en la espuela de la sistemática picazón.
Adornando despojos de humillante cacería,
el galope hacia una vizcachera en la noche
rompe el sueño y la memoria.
Decapita el rumor del tractor
la subterránea muerte llena de harapos.
Serie Seis
TELENOVELAS DE LA DESMESURA
Últimos huecos de amor, últimos tubos catódicos. Obscura duplicación del pubis. La espera burlesca frente al televisor. Zombie. Sonrisas ultrajadas. Semen y resina.
(1)
Amor de insípida telenovela,
usinas de lágrimas en el vacío de los ojos,
ruinas que empalidecen crepúsculos,
urbana elipsis sin retorno,
y el horizonte de las caricias.
Los ángeles temen al espejo de la noche,
la mujer de negro se atraganta
y un último hueco de amor
se reproduce entre sus piernas.
(2)
Negro profundo, los ojos del amor.
El sexo supura en el slip
del maldito empresario.
El regordete se bambolea como un zombie
frente a la niña desnuda;
la peste se atraganta de un placer
que olvida pesadumbres.
La tumba de hoy
olvida la telenovela disecada
en el último tubo catódico.
(3)
La sordidez exaspera
la espera burlesca del pibe que agoniza
frente al televisor.
La sonrisa aguachenta resignada en el adiós,
nieve en el alambrado
que aquilata cicatrices de encierro.
Entre la resina alienada de sida
sonrisas ultrajadas
se contonean en el blanco inmaculado.
Serie Siete
CRIMENES DEL BARRIO ECHESORTU
El psicópata del sur, el travesti, el manosanta y el desratizador. Manchas rojas sobre tela negra. Camalotes venenosos. La daga voraz. Un dios menor. La piadosa mano del perverso.
(1)
La bragueta abierta del psicópata del sur
esconde un misterioso vacío de placer,
una piadosa mentira condescendiente
que le regaló un hermoso travesti.
Su impía lengua añora
el venenoso camalote,
un camafeo que avivó el fuego
de un taimado manosanta
que supo contarle esa historia de amor
entre una sotana sangrante
y un oscuro aprendiz de desratizador.
(2)
Misterioso vacío, crudo desamparo.
No hay piadosa recompensa,
Un hermoso travesti abriendo las piernas
despierta la libido del psicópata del sur.
Manosantas gozando entre balcones,
una sotana sangrante,
patético corolario.
Desratizador procesado
en el correccional de turno
para evadir las respuestas
del camalote venenoso.
(3)
Piadosas, las carcajadas
nos protegen del hermoso travesti
que lame las heridas
como un psicópata del sur.
Misterioso vacío en el silencio
de las sotanas sangrantes,
acaso
un desratizador de sueños mudos,
un camalote venenoso
acaso
un manosanta que nos interroga.
(4)
La silueta de un hermoso travesti
se enfrenta al horizonte;
huye del cuchillo voraz el psicópata del sur.
La herida infunde misteriosos vacíos en la lencería
que la piadosa mano del perverso anidó en su cuerpo.
El demente se cree un dios menor
un desratizador,
desmaleza de putas las calles
(desea extinguirlas como camalotes venenosos)
Morirán violadas y de bruces
frente al altar del manosanta,
que oculta sus navajas bajo una sotana sangrante.
Serie Ocho
HERÉTICOS INUNDADOS
Responso del ahogado. Nuestro Monseñor. El anonimato de los vómitos. Puras tinieblas. El semen satura y sutura. Ventanucos de la morgue. El gobernador salta charcos frente a las cámaras.
(1)
El tranquilo responso del niño ahogado
ese cuerpo oscilante en el camalotal
de un río injusto y oscuro
que ríe a carcajadas con voz fantasmal;
la apestosa sonrisa del gobernador, lejana;
sus caminatas entre falsos charcos inofensivos
ahondan el frío acuoso de la muerte
que cobija por siempre nuestro monseñor.
(2)
Brumas del progreso en las lenguas de los comensales.
Puras tinieblas de un espadachín ficticio,
muestran la podrida sangre del software
(y un borracho a los postres, hace un brindis por el ayer)
Mientras el amor nos abre poros en las manos
y transparenta un inconmensurable dolor,
perdemos de vista un río de impunes desechos
(los vasos descartables, un lemmon pie en descomposición,
los vómitos anónimos que sucedieron a la cena)
(3)
Un hálito de agosto huye del alba
como romance profano en el horizonte virgen.
Huellas de un crepúsculo que coagula desesperanza
y permite el infeccioso sueño que arrulla a casi todos
mientras los otros, extranjeros de la miseria,
dibujan la herida en las manos
de los que aúllan impávidos
en la frontera irrisoria
donde el semen satura con insistencia.
(4)
Rayos de un sol imprudente iluminan los despojos;
partes de la sonrisa helada de un cuchillo
que sangró heridas, carcajadas y responsos;
párpados que se cierran ante la evidencia
de una autopsia sádica y lasciva;
páramos anegados que resumen la anestesia siempre viva;
siemprevivas que ornan los ventanucos de la morgue
bajo un cielo que nunca dejará de ser inocente.
Serie Nueve
SHOPPINGS ERIGIDOS SOBRE FOSAS COMUNES
Nuestro shopping. Beneficios sociales de otras épocas. El cielo del perdón. La funeraria y el desagüe del viejo frigorífico. Una absolución militar. Pocos gritos. La ronda de las águilas. El más gordo de los hombres.
(1)
Todo se edifica en nuestro shopping,
el milenio se construye en la imagen impune,
el aeropuerto vomita altas miserias sin alas.
Para los negros del andamio, implumes,
siguen los beneficios sociales de otras épocas,
cuando los shoppings eran el sueño insípido
de un alienado Buenos Aires,
cuando Miami ardía como una puta en celo
y la música disco no conocía del éxtasis encapsulado
bajo la lengua rapaz.
(2)
La empresa mortuoria vive sin pausa.
Morosa, aguarda que el pueblo la provea de pérdidas.
Escondida bajo el trigal y con paciencia,
la muerte se alimenta de tu sudor.
Todo el terror se contamina de patéticos dioses
y es el dueño de la funeraria quien,
como en el atardecer que siguió a la muerte
de tu padre,
bebe del cielo el perdón.
(3)
El automóvil derrapa en el camino de tierra,
una de sus puertas se abre y cae
una bolsa de plástico negro que al parecer
aloja un cadáver corrompido
por buenas costumbres y estériles palabras.
“Por algo habrá sido”, dice una fantasmal voz anónima.
“No gritó tanto la putita”, asevera el más gordo
de los hombres.
Los asesinos arrastran el cuerpo
hacia el desagüe del viejo frigorífico,
el olor nauseabundo los incita y excita,
la nostalgia abre los poros de lo indecible,
el torso desnudo de una realidad sin morfina.
(4)
Las águilas rondan la presa antes del almuerzo.
Hay resabios de un par de víctimas
(no tan inocentes)
y en el dique flotan los lacerados y réprobos,
repudiados por Menéndez.
El estiércol parece un destello fashion,
casi un Van Gogh dorado y fino.
La ilusión de los inocentes
se inclina ante el proceso
que en carne viva ofrece su bondad:
una absolución militar a faltas falaces,
una dádiva de la parturienta saliva de la tortura.
Serie Diez
ORATORIO MORANTE
Inicio de la Historia. Entre cadáveres. El verdor de la botánica. Tres tablones de quebracho. Husos antihorarios. Gauchos enterrados entre cuatro tapiales. La voz de la tierra monologa. Sustancias químicas. La mirada de unos niños.
(1)
Entre cadáveres se conoce la impiedad del discurso,
la reserva silvestre que rastrea el zumbido y el graznido.
Un oratorio vacío custodia el oprobio
de la Memoria crucificando el futuro.
Voces hendidas de pesadumbre,
un crepúsculo asesino del viajero diurno
que no sabe si alcanzará a escapar
de estas tumbas del olvido profano.
(2)
La citadina presencia de cuatro seres
alitera el verdor de la botánica.
Frente a ellos,
exquisitos cadáveres en blanco y negro,
tres tablones de quebracho,
un puente hacia el almacén
y el volumen del viento
extendiendo la tarde
sobre el insulto infinito de la pampa.
La muerte vuelve en cada siseo de la brisa,
la muerte nieva como quejidos derrotados.
sobre las huellas de los caídos en el inicio de la historia,
dimensión en la que Mitre y Urquiza
no son sólo calles.
(3)
Los muertos escuchan el canto del tero,
los vivos desconocen sus nombres,
la dinámica aparentemente estable
agita las huellas
de un destino que transita la desmesura.
Así, nuestra historia
(unos muertos entre cuatro tapiales roñosos)
atraviesa opacos eslabones de fraguadas escalas
y ausente de peldaños,
el trasvasamiento se vuelve inocente.
(4)
Viento confundido, crecido de entusiasmos;
en los cimientos, el uso antihorario tambalea.
Rejas para un tiempo que privilegia el olvido,
no hay identidad que sobreviva
al espejismo infinito de los sucesos.
Los sueños intentan
–pintados a la cal-
desnudar los fantasmas,
pergeñar soluciones al súbito espasmo.
La memoria rescata sólo un gris de silencio.
Inflexibles al paso del tiempo,
asoman las cruces.
(5)
En la pampa rige huso antihorario,
el tiempo se desgrana como terrones
que enfrentan al arado.
Anónimos, sin identidad,
gauchos enterrados entre cuatro tapiales
y el ruido del viento confundido
con el tráfico.
Un auto sacude el paraje,
un súbito espasmo.
La tarde pierde su gris de silencio.
La historia, la derrota y la traición
emergen, entre cruces de fierro ennegrecidas,
del pequeño y devastado cementerio
pintado a la cal.
(6)
Agudas rejas hincan
sombríos fantasmas del rastrojo.
La identidad se rebaja
en sustancias químicas.
El viento,
confundido por remolinos gigantescos,
descubre a la tierra en el monólogo.
Husos antihorarios de efecto caracol
convergen en el gris del silencio,
un rumor de ahogados ecos en la indomable explanada.
Cruces nacidas del suelo,
agazapadas series pintadas a la cal,
afantasman el súbito espasmo
destrozado
en las heréticas sombras de cereal y estiércol.
(7)
Identidad del campo olvidado,
huecos de un viento confundido
que nos empuja fuera del tiempo.
Husos antihorarios,
rejas para la voz del campesino,
cruces en la tarde del cementerio.
Paredes rústicas pintadas a la cal.
Súbito espasmo,
la memoria gris del cielo
en la mirada de unos niños.